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El régimen alimenticio durante el embarazo

Influencias prenatales

Muchos padres creen que el efecto de las influencias prenatales es cosa de poca monta; pero el cielo no las considera así. El mensaje enviado por un ángel de Dios y reiterado en forma solemnísima merece que le prestemos la mayor atención.

Al hablar a la madre hebrea, Dios se dirige a todas las madres de todos los tiempos. “Guardará—dijo el ángel—todo lo que le mandé”. Jueces 13:14. El bienestar del niño dependerá de los hábitos de la madre. Ella tiene, pues, que someter sus apetitos y sus pasiones al dominio de los buenos principios. Hay algo que ella debe rehuir, algo contra lo cual debe luchar si quiere cumplir el propósito que Dios tiene para con ella al darle un hijo. Si antes del nacimiento de éste, la madre procura complacerse a sí misma, si es egoísta, impaciente e imperiosa, estos rasgos de carácter se reflejarán en el temperamento del niño. Así se explica que muchos hijos hayan recibido por herencia tendencias al mal que son casi irresistibles.

Pero si la madre se atiene invariablemente a principios rectos, si es templada y abnegada, bondadosa, apacible y altruista, puede transmitir a su hijo estos mismos preciosos rasgos de carácter. Muy terminante fue la prohibición impuesta a la madre de Sansón respecto al vino. Cada gota de bebida alcohólica que la madre toma para halagar al paladar compromete la salud física, intelectual y moral de su hijo, y es un pecado positivo contra su Creador.

Muchos insisten en que debe satisfacerse todo antojo de la madre; sostienen que si desea un alimento cualquiera, por nocivo que sea, este deseo debe ser ampliamente satisfecho. Esto es falso y entraña peligro. Las necesidades físicas de la madre no deben descuidarse en manera alguna. Dos vidas dependen de ella, y sus deseos deben ser cariñosamente atendidos, y sus necesidades satisfechas con liberalidad. Pero en este período más que nunca debe evitar, en su alimentación y en cualquier otro asunto, todo lo que pudiera menoscabar la fuerza física o intelectual. Por mandato de Dios mismo, la madre está bajo la más solemne obligación de ejercer dominio propio. —El Ministerio de Curación, 288, 289 (1905).

 

Cuando el Señor quiso establecer a Sansón como libertador de su pueblo, recomendó a la madre ciertos hábitos de vida correctos antes que naciera su hijo. Y la misma prohibición iba a ser impuesta al niño desde su cuna; porque había de ser consagrado a Dios como nazareo desde su nacimiento.

El ángel de Dios apareció a la esposa de Manoa, y le informó que iba a nacerle un hijo; y en vista de esto le dio indicaciones importantes: “Ahora, pues, no bebas vino, ni sidra, ni comas cosa inmunda”. Jueces 13:4.

Dios tenía una obra importante para el niño prometido a Manoa, y con el fin de obtener para él las cualidades necesarias para esta obra, los hábitos de la madre y del niño iban a ser muy cuidadosamente regidos. “No beberá vino ni sidra” fue la instrucción dada por el ángel a la esposa de Manoa, “y no comerá cosa inmunda; guardará todo lo que le mandé”. Jueces 13:14. El niño será afectado para bien o para mal por los hábitos de la madre. Ella misma tiene que ser dominada por los buenos principios, y debe observar las leyes de la temperancia y el dominio propio, si quiere asegurar el bienestar de su hijo. —Christian Temperance and Bible Hygiene, 37, 38 (1890).

 

Se guardará

Las palabras dirigidas a la esposa de Manoa contienen una verdad que las madres de hoy harán bien en estudiar. Al hablar a esta madre, el Señor habló a todas las madres ansiosas y afligidas de aquel tiempo, y a todas las madres de las generaciones sucesivas. Sí, cada madre puede comprender su deber. Puede saber que el carácter de sus hijos dependerá más de sus hábitos anteriores a su nacimiento y de sus esfuerzos personales después del nacimiento, que de las ventajas o desventajas exteriores.

“Se guardará” (Jueces 13:13), dijo el ángel. Estése lista para resistir la tentación. Sus apetitos y pasiones deben ser dominados por los buenos principios. De toda madre se debe poder decir “Se guardará”. Hay algo que ella debe rehuir, algo contra lo cual tiene que obrar, si quiere cumplir el propósito que Dios tenía al darle un hijo…

La madre que es una maestra adecuada para sus hijos debe, antes que nazcan, formar hábitos de abnegación y dominio propio; porque les transmite sus propias cualidades; sus rasgos de carácter fuertes o débiles. El enemigo de las almas entiende estas cosas mejor que muchos de los padres. El acosará a la madre con sus tentaciones, sabiendo que si ella no le resiste, él puede por su intermedio afectar al niño. La única esperanza de la madre está en Dios. Puede acudir a él en busca de gracia y fortaleza. Ella no buscará ayuda en vano. El le permitirá transmitir a su descendencia cualidades que le ayudarán a obtener éxito en la vida y ganar la vida eterna. —The Signs of the Times, febrero 26 de 1902.

 

No debe darse rienda suelta al apetito

Es un error generalmente cometido el de no hacer diferencia en la vida de una mujer antes del nacimiento de su hijo. En este período importante el trabajo de la madre debe ser aliviado. Grandes cambios están por producirse en su organismo. Exige una mayor cantidad de sangre, y por lo tanto un aumento de los alimentos más nutritivos para ser convertidos en sangre. A menos que tenga una abundante provisión de alimentos nutritivos, no puede conservar su fuerza física y priva a su hijo de su vitalidad. Su vestimenta también exige atención. Debe ejercerse cuidado de que su cuerpo no sienta frío. No debe atraer innecesariamente la sangre a la superficie del cuerpo para suplir la falta de suficiente abrigo. Si la madre está privada de una abundante cantidad de alimento nutritivo y sano, la cantidad y la calidad de su sangre serán insuficientes. Su circulación será deficiente y su hijo adolecerá de los mismos males. El hijo será incapaz de asimilar los alimentos que podría transformar en buena sangre que nutra el organismo. La prosperidad de la madre y del hijo depende en gran parte de la ropa abrigada, así como de una provisión de alimentos nutritivos. Debe evitarse que la madre pase frío, porque esto atenta contra su vitalidad.

Pero, por otro lado, la idea de que las mujeres, debido a su condición especial, deben dar rienda suelta a su apetito, es un error basado en la costumbre, pero no en el sentido común. El apetito de las mujeres en tal condición puede ser muy variable, caprichoso y difícil de complacer; y la costumbre exige que se le dé cualquier cosa que desee, sin consultar la razón para saber si tal alimento le suministrará la fuerza que necesita para su propio organismo y para el crecimiento de su hijo. El alimento debe ser nutritivo, pero no de una calidad excitante. La costumbre dice que si se desean manjares de carne, encurtidos y especias, se los debe conceder; se debe consultar únicamente al apetito. Esto constituye un gran error, que hace mucho daño. Ese daño no puede ser calculado. Si alguna vez se necesita un régimen sencillo y un cuidado especial de la calidad del alimento ingerido, es en esta época importante.

Las mujeres regidas por los buenos principios, que han sido bien instruidas, no se apartarán de la sencillez del régimen en este momento ni en cualquier otro. Considerarán que otra vida depende de la suya, y serán cuidadosas en todos sus hábitos, especialmente alimenticios. No deben comer lo que no es nutritivo y es excitante, simplemente porque tenga buen gusto. Hay demasiados consejeros dispuestos a persuadirlas para que hagan cosas que la razón debiera prohibirles.

Los niños que nacen enfermos lo deben al hecho de que sus padres no frenaron sus apetitos. El organismo no exigía la variedad de alimentos que atraían la atención. Un error que las mujeres cristianas debieran rechazar es la creencia de que cualquier cosa que se les ocurre debe ir al estómago. No debe permitirse que la imaginación rija los deseos del organismo. Los que permiten el imperio de los gustos, sufrirán las consecuencias al transgredir las leyes de su ser. Y esto no es el fin de todo; sus hijos inocentes también serán afectados.

Los órganos productores de sangre no pueden convertir las especias, los pasteles de carne, los encurtidos y las carnes enfermas en sangre pura. Y si se lleva al estómago tanto alimento que los órganos de la digestión se recargan de trabajo para deshacerse de ellos y para librar al organismo de las sustancias irritantes, la madre comete una injusticia contra sí misma y coloca en su hijo las bases de la enfermedad. Si ella decide comer como le agrade y a su capricho, sin tener en cuenta las consecuencias, llevará la penalidad, pero no sola. Su niño inocente deberá sufrir por causa de su indiscreción. —Testimonies for the Church 2:381-383 (1870).