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El régimen durante la infancia

Recopilación de consejos, instrucciones y citas escritas por Elena G, White, extraído del libro Consejos Sobre El Régimen Alimenticio.

 

Consejos basados en la instrucción divina

La súplica del padre y la madre debiera ser que “nos enseñe lo que hayamos de hacer con el niño que ha de nacer”. Jueces 13:8. Hemos presentado al lector lo que Dios ha dicho concerniente a la conducta de la madre antes del nacimiento de sus hijos. Pero esto no es todo. El ángel Gabriel fue enviado de los atrios celestiales para dar instrucción en cuanto al cuidado de los niños después de su nacimiento, a fin de que los padres comprendiesen plenamente su deber.

Más o menos en tiempo del primer advenimiento de Cristo, el ángel Gabriel visitó a Zacarías con un mensaje similar al que había sido dado a Manoa. Al anciano sacerdote se le dijo que su esposa tendría un hijo, que se llamaría Juan. “Y—dijo el ángel—tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo”. Juan 1:15. Este niño de la promesa habría de criarse con los hábitos de temperancia más estrictos. Se le iba a confiar una obra importante de reforma que consistiría en preparar el camino para Cristo.

Existía entre el pueblo la intemperancia en todas sus formas. El hábito de beber y comer con lujuria minaba la fuerza física, y degradaba la moral de tal manera que los crímenes más repugnantes que se cometían no parecían pecaminosos. La voz de Juan iba a llegar desde el desierto en son de reprensión por los hábitos pecaminosos de la gente, y sus propios hábitos de abstinencia iban a ser un reproche por los excesos de su tiempo.

 

El verdadero comienzo de la reforma

Los esfuerzos de nuestros obreros que enseñan la temperancia no tienen bastante alcance para desterrar la maldición de la intemperancia. Una vez formados los hábitos es difícil vencerlos. La reforma debe empezar con la madre antes del nacimiento de sus hijos; y si se siguieran fielmente las instrucciones de Dios, no existiría la intemperancia.

Debiera ser el esfuerzo constante de cada madre conformar sus hábitos con la voluntad de Dios, a fin de cooperar con él en proteger a sus hijos de los vicios destructores de la salud y la vida que existen en la actualidad. Sin dilación pónganse las madres en la debida relación con su Creador, para que por su gracia ayudadora levanten alrededor de sus hijos un baluarte contra la disipación y la intemperancia. Si las madres siguiesen esa conducta, verían a sus hijos actuar como el joven Daniel, y alcanzar una alta norma de moralidad e inteligencia, siendo una bendición para la sociedad y un honor para su Creador.

 

El niño

 El mejor alimento para el niño es el que suministra la naturaleza. No debe privárselo de él sin necesidad. Es muy cruel que la madre, por causa de las conveniencias y los placeres sociales, procure libertarse del desempeño de su ministerio materno de amamantar a su pequeñuelo.

La madre que consiente que otra mujer nutra a su hijo debe considerar cuáles puedan ser los resultados. La nodriza comunica hasta cierto punto su propio temperamento y genio al niño a quien amamanta.

A fin de guardar paso con la moda, la naturaleza ha sido maltratada, en vez de ser consultada. A veces las madres dependen de una persona mercenaria, o es necesario sustituir el pecho materno por la mamadera. Y uno de los deberes más delicados y agradables que la madre puede cumplir para su hijito necesitado, quien amalgama la vida materna con la suya, y quien despierta los sentimientos más tiernos en el corazón de la mujer, es sacrificado en el altar de las locuras fratricidas de la moda.

Hay madres que sacrifican sus deberes maternos de amamantar a sus hijos simplemente porque les causa demasiada molestia estar limitadas por sus vástagos, que son el fruto de su propio cuerpo. El salón de baile y las escenas de placer excitante han ejercido una influencia paralizadora de las sensibilidades del alma. Esto ha sido más atrayente para la madre amante de las modas que sus deberes maternales hacia sus niños. Puede ser que confíe sus hijos al cuidado de una persona asalariada, para que ejecute los deberes que le corresponden a ella solamente. Sus falsos hábitos hacen que los deberes necesarios y cuyo cumplimiento debiera serle un placer, le resulten desagradables, porque el cuidado de sus niños estorba las exigencias de la vida social. Una persona extraña cumple los deberes de la madre, y da de su pecho el alimento para sostenerle la vida.

Y esto no es todo. Ella también imparte su mal genio al niño lactante. La vida del niño está vinculada con la de ella. Si la persona asalariada es de un carácter tosco, apasionado e irrazonable; si no es cuidadosa en lo moral, es muy probable que el niño sea igual o muy parecido. La misma calidad de sangre que corre por las venas de la nodriza correrá también por las venas del niño. Las madres que arrancan a sus hijos de sus brazos maternos, y rehusan cumplir sus deberes maternales, por serles una carga que difícilmente pueden cumplir, porque dedican su tiempo a la moda, son indignas del nombre de madre. Ellas degradan el noble instinto y los atributos sagrados de la mujer, y prefieren ser mariposas de los placeres mundanos, teniendo menos sentido de su responsabilidad hacia su posteridad que las bestias. Muchas madres reemplazan el pecho por la mamadera. Esto es necesario porque no tienen alimento para sus hijos. Pero en nueve casos de cada diez los métodos de vestir y de comer que adquirieron en su juventud las han incapacitado para cumplir los deberes que la naturaleza les ha asignado…

Siempre me ha parecido un asunto de frialdad despiadada el hecho de que las madres que pueden amamantar a sus niños los entreguen al biberón. En este caso es sumamente necesario obtener la leche de una vaca sana y cuidar de que la mamadera y la leche estén en perfecto estado higiénico. Este detalle es frecuentemente descuidado y como resultado el niño sufre sin necesidad. Se pueden presentar casos de afección intestinal y estomacal, y el pobre niño enferma, aun cuando era sano al nacer.

El período durante el cual los niños reciben su alimentación de la madre es decisivo. Muchas madres, mientras amamantaban a sus hijos, se han visto obligadas a trabajar en exceso y a afiebrar su sangre en la cocina; y esto ha afectado seriamente al lactante, no sólo mediante un alimento afiebrado del pecho materno; también su sangre ha sido envenenada por el régimen alimenticio perjudicial de la madre que ha afiebrado todo su organismo y por lo tanto ha afectado el alimento que recibe el niño. El niño también será afectado por el estado mental de la madre. Si ella se siente infeliz, si se altera fácilmente, si es irritable y si tiene arranques de ira, el alimento que el niño recibe de su madre estará inflamado, y con frecuencia producirá cólicos y espasmos, y en algunos casos provocará convulsiones y accesos.

También el carácter del niño es afectado en mayor o menor grado por la naturaleza del alimento que recibe de la madre. Cuán importante es entonces que la madre, mientras alimenta al hijo, mantenga un estado de felicidad mental y controle perfectamente su espíritu. Al hacer esto no perjudicará el alimento del niño, y el trato calmado y sereno que la madre dará a su hijo contribuirá en gran medida a modelar su mente. Si el hijo es nervioso y se altera fácilmente, los modales cuidadosos y calmos de la madre ejercerán una influencia sedante y correctora, y la salud del niño podrá mejorar notablemente.

 

Regularidad en las comidas

 La primera educación que los hijos deberían recibir de su madre en la infancia es la relativa a su salud física. Deberían recibir solamente alimentos sencillos, de la calidad adecuada para conservar su salud en la mejor condición, y deberían tomarlos únicamente a horas regulares, no más de tres veces por día; y aun dos comidas serían mejor que tres. Si se disciplina debidamente a los hijos, pronto aprenderán que no conseguirán nada llorando o irritándose. Una madre juiciosa obrará para educar a sus hijos, no sólo en lo que atañe a su comodidad presente sino también a su bien futuro. Y para lograrlo les enseñará la importante lección del dominio del apetito y de la abnegación, con el fin de que puedan comer, beber y vestirse teniendo en cuenta los mejores intereses de la salud.

No se debiera permitir que los niños coman dulces, frutas, nueces u otros alimentos entre las comidas. Dos comidas por día son mejores para ellos que tres. Si los padres dan el buen ejemplo, y obran de acuerdo con los buenos principios, los niños no tardarán en actuar correctamente. La irregularidad en la alimentación destruye el tono sano de los órganos de la digestión, y cuando vuestros hijos se acercan a la mesa, no apetecen el alimento sano; sus apetitos anhelan lo que no es bueno para ellos. Muchas veces los niños han sufrido por fiebres graves atraídas por una alimentación impropia, siendo los padres los culpables. Es el deber de los padres asegurar que los niños formen hábitos conducentes a la salud, y así ahorrarse mucha angustia.

Se alimenta a los niños con demasiada frecuencia, lo cual produce fiebre y sufrimientos de varias clases. El estómago no debe ser mantenido constantemente trabajando, sino que debe tener períodos de descanso. Sin éstos los niños se vuelven nerviosos, irritables y están a menudo enfermos.

 

Educación temprana del apetito

Difícil sería exagerar la importancia que tiene el hacer adquirir a los niños buenos hábitos dietéticos. Necesitan aprender que comen para vivir y no viven para comer. Esta educación debe empezar cuando la criatura está todavía en brazos de su madre. Hay que darle alimento tan sólo a intervalos regulares, y con menos frecuencia conforme va creciendo. No hay que darles dulces ni comida de adultos pues no la puede digerir. El cuidado y la regularidad en la alimentación de las criaturas no sólo fomentarán la salud, y así las harán sosegadas y de genio apacible, sino que echarán los cimientos de hábitos que las beneficiarán en los años subsiguientes.

Cuando los niños salen de la infancia todavía hay que educar con el mayor cuidado sus gustos y apetitos. Muchas veces se les permite comer lo que quieren y cuando quieren, sin tener en cuenta su salud. El trabajo y el dinero tantas veces malgastados en golosinas perjudiciales para la salud inducen al joven a pensar que el supremo objeto de la vida, y lo que reporta mayor felicidad, es poder satisfacer los apetitos. El resultado de tal educación es que el niño se vuelve glotón; después le sobrevienen las enfermedades, que son seguidas generalmente por la administración de drogas venenosas.

Los padres deben educar los apetitos de sus hijos, y no permitir que hagan uso de alimentos nocivos para la salud. Pero en el esfuerzo por regular la alimentación, debemos cuidar de no cometer el error de exigir a los niños que coman cosas desagradables, ni más de lo necesario. Los niños tienen derechos y preferencias que, cuando son razonables, deben respetarse.

Las madres que satisfacen los deseos de sus hijos a costa de la salud y del genio alegre, siembran males que no dejarán de brotar y llevar fruto. El empeño por satisfacer los apetitos se intensifica en los niños a medida que crecen, y queda sacrificado el vigor mental y físico. Las madres que obran así cosechan con amargura lo que han sembrado. Ven a sus hijos criarse incapacitados en su mente y carácter para desempeñar noble y provechoso papel en la sociedad o en la familia. Las facultades espirituales, intelectuales y físicas se menoscaban por la influencia del alimento malsano. La conciencia se embota, y se debilita la disposición a recibir buenas impresiones.

Mientras se les enseña a los niños a dominar su apetito y a comer teniendo en cuenta los intereses de la salud, hágaseles ver que sólo se privan de lo que les sería perjudicial; que renuncian a ello por algo mejor. Hágase la mesa amena y atractiva, al surtirla con las cosas buenas que Dios ha dispensado con tanta generosidad. Sea la hora de comer una hora de contento y alegría. Al gozar de los dones de Dios, correspondámosle con agradecida alabanza.

Muchos padres, para evitar la tarea de educar pacientemente a sus hijos en hábitos de abnegación, y enseñarles a usar correctamente las bendiciones de Dios, les permiten comer y beber cuando les agrada. El apetito y la satisfacción propia, a menos que sean restringidos positivamente, crecen con el crecimiento y se fortalecen con la fuerza. Al iniciarse estos niños en la vida, y tomar su lugar en la sociedad, carecen de poder para resistir la tentación. La impureza moral y la grosera iniquidad abundan por doquiera. La tentación a satisfacer el apetito y los caprichos no ha disminuido con el transcurso de los años, y los jóvenes por lo general se rigen por los impulsos, y son esclavos del apetito. En la glotonería, en el fumador y en el bebedor, vemos los resultados de una educación deficiente.

 

La satisfacción propia y la impiedad

Los niños mal alimentados son con frecuencia débiles, pálidos, deficientes en su desarrollo, y resultan nerviosos, excitables e irritables. Por amor al apetito se sacrifica todo lo noble, y predominan las pasiones animales. La vida de muchos niños de cinco, diez y quince años de edad parece estar marcada por la depravación. Conocen casi todos los vicios. En gran medida los padres son los culpables de tal estado de cosas y a su cuenta se les acreditarán los pecados de sus hijos, pues fue la conducta impropia de los padres la que indirectamente indujo a los hijos a cometer esos pecados. Tientan a sus hijos a satisfacer su apetito poniendo sobre la mesa carnes y otros alimentos condimentados, que tienen la tendencia a fomentar las pasiones animales. Por su ejemplo enseñan a sus hijos la intemperancia en el comer. Se les ha permitido comer casi en cualquier momento del día, lo cual mantiene siempre ocupado el sistema digestivo. Las madres han tenido poco tiempo para educar a sus hijos. Su tiempo valioso lo dedicaban a preparar comidas malsanas que luego colocaban sobre la mesa.

Muchos padres y madres han ocasionado la ruina de sus hijos mientras procuraban regular su vida de acuerdo con la moda. Si esperan visitas, quieren que éstas se sienten delante de una mesa bien provista como la que encontrarían entre el círculo de sus amistades. Se dedica mucho tiempo y dinero a este objeto. Por guardar las apariencias, se preparan alimentos pesados para satisfacer el apetito, y aun cristianos de nombre hacen tanto despliegue que atraen en derredor suyo una clase de personas cuyo objeto principal al visitarlas es comer las golosinas. Los cristianos debieran reformarse al respecto. Aunque deben atender cortésmente a sus visitas, no deben dejarse esclavizar por la moda y el apetito.

 

Estudiemos la sencillez

La preparación del alimento debiera ser tan sencilla que no absorba todo el tiempo de la madre. Es cierto que debe tenerse cuidado de presentar en la mesa alimento sano y atractivo. No penséis que cualquier cosa que pueda reunirse descuidadamente como alimento es bastante buena para los niños. Debéis dedicar menos tiempo a la preparación de alimentos malsanos, para agradar al paladar pervertido, y más tiempo a la educación y preparación de los niños. Dedicad la energía que ahora usáis en planes innecesarios referentes a la comida, la bebida y el vestido, a mantener sus personas aseadas y su ropa limpia.

Las carnes muy condimentadas seguidas de pasteles pesados, están desgastando los órganos digestivos de los niños. Si se los acostumbrase a los alimentos sencillos y sanos, su apetito no exigiría comidas complicadas y mixtas… La carne dada como alimento a los niños resulta contraproducente… Enseñar a los niños a subsistir con una dieta a base de carne, resulta nocivo. Es mucho más fácil crear un apetito falso que corregirlo y reformarlo cuando se ha vuelto una segunda naturaleza.

 

La intemperancia fomentada

Muchas madres que se quejan de la intemperancia que existe por todas partes, no buscan bastante hondo para descubrir la causa. Preparan diariamente una variedad de platos con alimentos muy condimentados que tientan el apetito y estimulan a comer demasiado. Las mesas de los americanos están servidas de tal manera que contribuyen a formar alcohólicos. El apetito es el principio gobernante de una gran mayoría. Cualquiera que fomenta el apetito comiendo demasiado a menudo alimento de mala calidad, está debilitando su fuerza para resistir las exigencias del apetito y la pasión en otro sentido, en la medida en que ha fortalecido la propensión hacia los hábitos erróneos en la alimentación. Las madres necesitan reconocer su deber, para con Dios y con el mundo, de presentar a la sociedad hijos con caracteres bien desarrollados. Los hombres y las mujeres que se presenten en el escenario de acción con principios firmes estarán preparados para presentarse limpios en medio de la contaminación moral de esta era corrupta…

La mesa de muchas mujeres que profesan ser cristianas es servida diariamente con una variedad de platos que irritan el estómago y afiebran el organismo. La carne constituye el alimento principal servido en la mesa de algunas familias, y como consecuencia su sangre está llena de humores cancerosos y escrofulosos. Sus cuerpos se componen de lo que comen. Pero cuando se presentan el sufrimiento y la enfermedad, se los considera como una aflicción de la Providencia.

Repetimos, la intemperancia empieza en nuestras mesas. Se complace al apetito hasta que su complacencia se vuelve una segunda naturaleza. Por el uso del café y el té se fomenta el deseo por el tabaco, y esto despierta el gusto por las bebidas alcohólicas.

Emprendan los padres una cruzada antialcohólica en sus propios hogares, mediante los principios que enseñen a sus hijos para que éstos los sigan desde la infancia, y podrán entonces esperar éxito.

Los padres deben considerar como su primer objetivo el tratar con inteligencia a los hijos, para que puedan obtener para ellos mentes sanas en cuerpos sanos. Los principios de la temperancia deben llevarse a cabo en todos sus detalles de la vida familiar. Se debe inculcar en los niños el sacrificio propio, e imponérselo, hasta donde se puede, desde la infancia.

Muchos padres educan los gustos de sus hijos y forman su apetito. Les permiten comer carne y beber té y café. Los alimentos a base de carne y altamente sazonados, y el té y café cuyo consumo algunas madres fomentan en sus hijos, los preparan para desear estimulantes más fuertes, como el tabaco. El uso de éste despierta el deseo de ingerir bebidas alcohólicas; y el consumo de tabaco y bebidas reduce invariablemente la energía nerviosa.

Si las sensibilidades morales de los cristianos se aguzaran en el tema de la temperancia en todas las cosas, podrían, por su ejemplo, y principiando en sus mesas, ayudar a los que tienen poco dominio propio, a los que son casi incapaces de resistir a las instancias de su apetito. Si pudiésemos comprender que los hábitos que adquirimos en esta vida afectarán nuestros intereses eternos, y que nuestro destino eterno depende de que nos habituemos a ser temperantes, lucharíamos para ser estrictamente temperantes en el comer y beber.

Por nuestro ejemplo y esfuerzo personales, podemos ser instrumentos para salvar a muchas almas de la degradación de la intemperancia, el crimen y la muerte. Nuestras hermanas pueden hacer mucho en la obra de la salvación de los demás, al poner sobre sus mesas únicamente alimentos sanos y nutritivos. Pueden dedicar su precioso tiempo a educar los gustos y apetitos de sus hijos, a hacerles adquirir hábitos de temperancia en todas las cosas, y a estimular la abnegación y la benevolencia para beneficio de los demás.

No obstante el ejemplo que Cristo nos dio en el desierto de la tentación al negarse a complacer el apetito y al vencer su poder, son muchas las madres cristianas que, por su ejemplo y por la educación que dan a sus hijos, los están preparando para que lleguen a ser glotones y bebedores. Con frecuencia se permite a los niños que coman lo que prefieren y cuando quieren, sin tener en cuenta su salud. Son muchos los niños a quienes se educa desde su infancia para que lleguen a ser glotones. Por la complacencia del apetito, padecen de dispepsia desde su tierna infancia. La sensualidad y la intemperancia en el comer se desarrollan y fortalecen con el aumento de vigor. El poder mental y físico es sacrificado por la indulgencia de los padres. Adquieren gusto por ciertos manjares de los cuales no reciben beneficio, sino perjuicio, y como el organismo se recarga, la constitución se debilita.

 

Enseñadles a aborrecer los estimulantes

Enseñad a vuestros hijos a aborrecer los estimulantes. Son muchos los que ignorantemente fomentan en ellos el apetito por estas cosas. He visto en Europa a nodrizas poner un vaso de vino o cerveza en los labios de los pequeños inocentes cultivando así en ellos el gusto por los estimulantes. A medida que crecen, aprenden a depender más y más de estas cosas, hasta que poco a poco quedan vencidos, y son arrastrados a la deriva y finalmente ocupan la sepultura de un borracho.

Pero no es ésta la única manera en que el apetito es pervertido y transformado en una trampa. Muchas veces el alimento es de tal índole que excita un deseo por las bebidas alcohólicas. Se presentan delante de los niños platos elaborados: alimentos condimentados, salsas sabrosas, tortas y pasteles. Estas comidas demasiado condimentadas irritan el estómago y crean un deseo de estimulantes cada vez más fuertes. No sólo se tienta al apetito con alimento inadecuado del cual se permite que los niños consuman en abundancia, sino que se los deja que coman entre horas, y para cuando alcanzan los doce o catorce años de edad son dispépticos confirmados.

Posiblemente habréis visto el grabado que representa el estómago de un aficionado a las bebidas fuertes. Una condición similar se produce bajo la influencia de las especias fuertes. Con el estómago en una condición tal, hay un deseo vehemente de aplacar el apetito, de algo más y más fuerte. El próximo paso será encontrar a los hijos en la calle aprendiendo a fumar.

 

Alimentos especialmente perjudiciales para los niños

Es imposible para los que dan rienda suelta al apetito que obtengan la perfección cristiana. Las sensibilidades morales de sus hijos no pueden ser despertadas fácilmente, a menos que tengan cuidado en la elección de su alimento. Muchas madres tienden la mesa de tal manera que es una trampa para la familia. La carne, la mantequilla, el queso, los pasteles suculentos, el alimento condimentado son consumidos tanto por los mayores como por los jóvenes. Estas cosas cumplen su obra al trastornar el estómago, excitando los nervios y debilitando el intelecto. Los órganos que elaboran la sangre no la pueden convertir en buena sangre. Se hace difícil la digestión del alimento cocinado con grasa. El efecto del queso es pernicioso. La harina refinada no ofrece al organismo la nutrición que se obtiene del pan integral. Su uso común no favorecerá al organismo ni lo mantendrá en la mejor condición. Al principio las especias irritan las membranas delicadas del estómago, pero finalmente destruyen su sensibilidad. La sangre se afiebra, se despiertan las propensiones animales, y a la vez se debilitan las facultades morales e intelectuales, y el individuo se vuelve siervo de las pasiones más bajas. La madre debe estudiar para presentar en la mesa una dieta sencilla y a la vez nutritiva.

 

La supresión de las tendencias al mal

¿Se darán cuenta las madres de esta época de lo sagrado de su misión, no para tratar de estar a la par con sus vecinos ricos, sino para tratar de superarlos en el fiel cumplimiento de instruir a sus hijos para una vida mejor? Si a los niños y a los jóvenes se les enseñaran hábitos de abnegación y dominio propio, si se les enseñase a comer para vivir y no a vivir para comer, habría menos enfermedad y menos corrupción. Habría menos necesidad de realizar cruzadas en favor de la temperancia, que al fin significan poca cosa, si en la juventud, que modela a la sociedad, se implantaran los principios de la temperancia. Tendrían entonces fuerza moral e integridad para resistir, con el poder de Jesús, la corrupción de los últimos días… Los padres pueden haber transmitido a sus hijos tendencias al apetito y las pasiones, lo cual hará más difícil la obra de educar y preparar a esos niños para que sean verdaderamente temperantes y tengan hábitos puros y virtuosos. Si se les ha transmitido por medio de los padres, como legado, el deseo de alimentos malsanos, estimulantes y narcóticos, ¡qué solemne responsabilidad descansa sobre tales padres de contrarrestar las malas tendencias que han legado a sus hijos! ¡Con cuánta diligencia y sinceridad debieran los padres hacer su deber, con fe y esperanza, hacia sus hijos desventurados!

Los padres debieran considerar como su primera obligación la comprensión de las leyes de la vida y de la salud, para que nada sea hecho por ellos, en la preparación de los alimentos, o mediante cualquier hábito, que desarrolle malas tendencias en sus niños. Cuán cuidadosas deben mostrarse las madres al preparar sus mesas con alimentos sencillos y sanos, a fin de que los órganos de la digestión no sean debilitados, las fuerzas nerviosas del organismo desequilibradas, y contrarrestadas las enseñanzas que debieran recibir, por el alimento ofrecido. Este alimento fortalece o debilita los órganos del estómago y tiene mucho que ver en el control de la salud física y moral de los niños, que son propiedad de Dios comprados con su sangre. Se ha encomendado a los padres una comisión sagrada, la de guardar la constitución física y moral de sus hijos, para que el sistema nervioso quede bien equilibrado y no esté en peligro su alma. Los que miman el apetito de sus hijos, y no controlan sus pasiones, verán la terrible equivocación que han cometido, en la formación de esclavos adictos al tabaco y al alcohol, cuyos sentidos están entumecidos y de cuyos labios salen mentiras y profanidades.

 

La cruel bondad de la complacencia

Se me mostró que una de las causas principales de la situación deplorable que impera en la actualidad es que los padres no sienten su obligación de criar a sus hijos de acuerdo con la ley natural. Las madres aman a sus hijos con un amor idólatra y miman su apetito sabiendo que éste dañará su salud y como resultado les traerá enfermedad y desdicha. Esa bondad cruel en gran parte se manifiesta en esta generación. Los deseos de los niños son satisfechos a costa de la salud y de una feliz disposición, porque es más fácil para la madre satisfacerlos momentáneamente que negarles lo que piden.

Así las madres están sembrando la semilla que crecerá y dará fruto. A los niños no se les enseña a negarse los gustos ni a restringir sus deseos. Se vuelven egoístas, exigentes, desobedientes, desagradecidos e impíos. Las madres que hacen esto cosecharán con amargura el fruto de la semilla que han sembrado. Han pecado contra el cielo y contra sus hijos, y Dios las tendrá por responsables.

Cuando padres e hijos se encuentren en el juicio final, ¡qué escena presenciarán! Miles de niños que han sido esclavos de su apetito y de vicios degradantes, cuyas vidas son naufragios morales, se encararán frente a frente con los padres que los hicieron lo que son. ¿Quiénes, sino los padres, deben llevar esta responsabilidad? ¿Es el Señor el culpable de la corrupción de estos jóvenes? ¡No! ¿Quién, por lo tanto, ha hecho esta obra espantosa? ¿No fueron los pecados de los padres transmitidos a los niños en apetitos pervertidos? y ¿no fue terminada la obra por aquellos que descuidaron la enseñanza según el modelo que Dios ha dado? Tan seguramente como que existen, estos padres tendrán que pasar en revista delante de Dios.

 

Observaciones de viaje

Mientras viajaba, oí a padres hacer la observación de que el apetito de sus hijos era sumamente delicado y a menos que se les diera carne y pasteles, no podían comer. Cuando llegó la hora del almuerzo, observé la calidad de comida que se les servía: pan de trigo, tajadas de jamón cubiertas de pimienta negra, encurtidos, torta y mermeladas. La tez pálida y demacrada de estos niños indicaba claramente que el estómago sufría por estos abusos. Dos de estos niños notaron que una familia vecina ingería queso con la comida y perdieron el apetito por lo que se les ofrecía, hasta que su madre complaciente pidió un pedazo de queso para darlo a sus hijos, pues temía que sus queridos niños no terminaran la comida. La madre hizo esta observación: “A mis hijos les gusta tanto esto o aquello, que les permito obtener lo que quieran; porque el organismo pide el alimento que necesita”.

Esto podría ser correcto si el apetito nunca hubiese sido pervertido. Hay un apetito natural y un apetito depravado. Los padres que han enseñado a sus hijos a ingerir alimento malsano y estimulante toda su vida, hasta que el gusto se ha pervertido, de modo que ansían comer arcilla, lápices de pizarra, café quemado, residuos de té, canela, clavos de olor y especias, no pueden pretender que las exigencias del apetito son lo que el organismo requiere. El apetito ha sido educado torcidamente hasta que se ha depravado. Los delicados órganos del estómago han sido estimulados y quemados hasta que han perdido su delicada sensibilidad. El alimento sencillo y saludable les resulta insípido. El estómago sometido a abusos no puede cumplir el trabajo que se requiere, a menos que lo inciten a ello sustancias más fuertes. Si a estos niños se les hubiese enseñado desde su infancia a ingerir solamente los alimentos sanos, preparados de la manera más sencilla, conservando sus propiedades naturales en todo lo posible, evitando las carnes, grasas y todas las especias, el gusto y el apetito no serían menoscabados. En su estado natural, ellos podrían indicar, en un grado importante, la comida mejor adaptada a las necesidades del organismo.

Mientras los padres y los hijos consumían sus manjares delicados, mi esposo y yo misma ingerimos nuestra sencilla merienda a la hora acostumbrada, a la 1 PM, la que consistía en pan de trigo sin mantequilla y una abundante cantidad de fruta. Comimos nuestra merienda con gusto y con corazones agradecidos porque no estábamos obligados a llevar con nosotros todo un cargamento de provisiones para satisfacer un apetito caprichoso. Comimos abundantemente y no sentimos hambre hasta la mañana siguiente. El vendedor de naranjas, nueces, maíz tostado y caramelos hizo muy poco negocio con nosotros.

La calidad de alimento ingerida por los padres y los hijos no se convertía en buena sangre y temperamentos agradables. Los niños eran pálidos. Algunos tenían llagas feas en la cara y las manos. Otros, con llagas en los ojos, estaban casi ciegos, lo cual echaba a perder la belleza de la cara. Había otros que no presentaban llagas en la piel, pero sufrían de tos, catarro y otras dificultades de la garganta y los pulmones. Vi a un niño de tres años de edad que sufría de diarrea. Tenía fiebre alta, pero parecía creer que todo lo que necesitaba era comida. Pedía, cada pocos minutos, que se le diera torta, pollo y encurtidos. La madre respondía como una esclava obediente a cada pedido del niño; y cuando la comida pedida no llegaba tan rápidamente como se la esperaba, y los gritos y llamadas se volvían desagradablemente urgentes, la madre contestaba: “Sí, sí, querido, te lo vamos a dar”. Después que la comida llegaba a sus manos la arrojaba al suelo con enojo, porque tardó en llegar. Una niñita comía de su porción de jamón hervido, pepinos en vinagre con pan y mantequilla, cuando descubrió el plato del cual yo comía. Allí había algo que ella no tenía, y se negó a comer. La niña de seis años de edad dijo que quería un plato. Pensé que lo que ella deseaba era la linda manzana colorada que yo estaba comiendo; y a pesar de que teníamos una porción limitada, sentí tanta lástima por los padres, que le dí una linda manzana. Me la arrebató de la mano y con desdén la arrojó al piso del vagón. Pensé: Si esta niña puede salir con la suya, avergonzará ciertamente a su madre.

Esta manifestación de enojo era el resultado de la indulgencia de la madre. La calidad de alimento que proveía a su hija ejercía un desgaste continuo sobre los órganos de la digestión. La sangre era impura y la niña, enfermiza, era irritable. La calidad del alimento que se le daba cada día era de una naturaleza tal que excitaba las pasiones bajas y deprimía la parte moral e intelectual. Los padres estaban formando el carácter de su hija. La estaban desarrollando egoísta y carente de amor. No reprimían sus deseos ni controlaban sus pasiones. ¿Qué se puede esperar de una criatura tal, si es que llega a la edad adulta? Muchos no comprenden la relación que hay entre la mente y el cuerpo. Si el organismo está trastornado por los alimentos impropios, el cerebro y los nervios son afectados y las pasiones se excitan con facilidad.

Una niña de unos diez años de edad estaba afectada de escalofríos y fiebre, y no quería comer. La madre le rogaba: “Come un poco de este bizcochuelo. Aquí tienes una linda presa de pollo. ¿No quieres probar estas mermeladas?” Finalmente la niña comió lo equivalente a lo que habría comido una persona sana. Los alimentos que se le impuso con insistencia no convenían a un estómago sano, y de ninguna manera debieran ingerirse estando enfermo. Más o menos dos horas más tarde, la madre estaba refrescando la cabeza de la niña preguntándose por qué la niña tenía una fiebre tan elevada. Había añadido combustible al fuego y se sorprendía de que el fuego ardiese. Si se hubiese permitido que la naturaleza siguiera su curso en la niña, y su estómago tomase el descanso que tanto necesitaba, sus sufrimientos habrían sido mucho menores. Estas madres no estaban preparadas para criar hijos. La mayor causa del sufrimiento humano se debe a la ignorancia con respecto a cómo cuidar de nuestro cuerpo.

Muchos se preguntan: ¿Qué comeré y cómo viviré, para disfrutar del momento actual? Los deberes y los principios son puestos a un lado en favor de los placeres. Si queremos tener salud debemos vivir para obtenerla. Si queremos desarrollar un carácter cristiano perfecto, debemos vivir para obtenerlo. En gran medida los padres son responsables de la salud física y moral de sus hijos. Debieran instruir a sus hijos e instarlos a que sigan las leyes de la salud para su propio bien, y para ahorrarse la desgracia y el sufrimiento. ¡Cuán extraño es que las madres permitan a sus niños que sufran la ruina de su salud física, mental y moral! ¿Cómo se entiende tal ternura? Estas madres inutilizan a sus hijos para que tengan felicidad en esta vida, y hacen muy insegura la perspectiva para una vida futura.

 

La causa de la irritabilidad y la nerviosidad

La regularidad debiera ser la regla en todos los hábitos de los niños. Las madres cometen un grave error al permitir a sus hijos que coman entre horas. El estómago se perturba por esta costumbre, y se echan los cimientos para futuros sufrimientos. Su inquietud puede haber sido motivada por alimentos malsanos que no fueron digeridos; pero la madre considera que no puede perder tiempo para razonar sobre el asunto, y corregir su proceder pernicioso. Ni tampoco puede detenerse para calmar sus congojas impacientes. Ella les da a los enfermitos un trozo de torta u otras golosinas para calmarlos, pero esto simplemente aumenta el mal. Algunas madres, en su afán de trabajar, son dominadas por el apresuramiento nervioso, volviéndose más irritables que los niños, y tratan, por medio de reprensiones y hasta golpes, de atemorizar a los niños para que se estén quietos.

Con frecuencia las madres se quejan de la condición delicada de sus hijos, y consultan al médico, cuando, si sólo quisieran usar un poco de sentido común, verían que las dificultades son causadas por equivocaciones cometidas en el régimen alimenticio.

Estamos viviendo en una época de glotonería, y los hábitos que los niños están adquiriendo, aun en el caso de muchos adventistas del séptimo día, están en oposición directa con las leyes de la naturaleza. Me encontré sentada cierta vez a la mesa con varios niños de menos de doce años de edad. Se les sirvió una abundante porción de carne, y de pronto una niña delicada y nerviosa pidió pepinos en vinagre. Un frasco de salsa que contenía mostaza y fuertes especias le fue dado del cual se sirvió abundantemente. La niña era conocida por su temperamento nervioso e irritable y estos condimentos picantes se prestaban para producir este estado de cosas. El hijo mayor creía que no podía comer una sola comida si no había carne y se manifestaba muy disgustado, y llegaba hasta la falta de respeto si no se le servía. La madre lo había mimado en sus gustos hasta el punto de haber llegado a ser una esclava de sus caprichos. No le habían enseñado a trabajar y pasaba su tiempo leyendo cosas inútiles o peores que inútiles. Se quejaba casi constantemente de dolor de cabeza y no le agradaban los alimentos sencillos.

Los padres deben mantener ocupados a sus hijos. La peor fuente del mal es la indolencia. El trabajo físico que trae cansancio saludable a los músculos, despertará el apetito por el alimento sencillo y sano, y el joven que está debidamente empleado no se levantará de la mesa protestando porque no hay delante de él un plato con carne y otras golosinas para tentar su apetito.

Jesús, el Hijo de Dios, al trabajar con sus manos como carpintero, dejó un ejemplo para toda la juventud. Que aquellos que tienen a menos asumir los deberes comunes de la vida recuerden que Jesús se sujetó a sus padres, y contribuyó con su parte al sostenimiento de la familia. Pocos lujos se veían en la mesa de José y María, porque se contaban entre los pobres y humildes.

 

La relación del régimen con el desarrollo moral

El poder de Satanás sobre la juventud de esta época es terrible. A menos que las mentes de nuestros hijos estén firmemente equilibradas por los principios religiosos, su moralidad será corrompida por el ejemplo vicioso con el cual entran en contacto. El peligro mayor de los jóvenes estriba en la falta de sujeción. Los padres indulgentes no enseñan a sus hijos el dominio de sí mismos. El alimento que colocan delante de ellos es de tal calidad que irrita el estómago. La excitación producida se comunica al cerebro y como resultado las pasiones se despiertan. Nunca se repetirá suficientemente que cualquier cosa que el estómago ingiere no sólo afecta el cuerpo sino también la mente. Los alimentos toscos y estimulantes afiebran la sangre, excitan el sistema nervioso y con demasiada frecuencia embotan la sensibilidad moral, de modo que la razón y la conciencia son vencidas por los impulsos sensuales. Es difícil y a veces imposible para una persona intemperante en la comida, mantenerse paciente y serena. De ahí la importancia especial de permitir a los niños, cuyos caracteres no están todavía formados, que ingieran solamente alimento sano y sencillo. Fue con amor como nuestro Padre celestial mandó la luz de la reforma pro salud para guardarnos contra el mal que proviene de un apetito desenfrenado.

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. 1 Corintios 10:31. ¿Es esto lo que hacen los padres cuando preparan la comida para la mesa y llaman a la familia para compartirla? ¿Ponen delante de sus hijos los alimentos que ellos saben que les proporcionarán la mejor calidad de sangre, que mantendrán el organismo sin fiebre y lo pondrán en la mejor relación con la salud y la vida, o, sin tener en cuenta el futuro bienestar de sus niños, les proporcionan alimento malsano, estimulante e irritable?

Pero aun los reformadores de la salud pueden equivocarse en cuanto a la cantidad de alimento. Pueden comer desmedidamente de un alimento bueno. Algunos en esta casa se equivocan en la calidad. Nunca se han decidido acerca de la reforma pro salud. Han elegido comer y beber lo que les agrada y cuando les agrada. Su organismo se está perjudicando al seguir este método. No sólo esto, sino que están perjudicando a sus familias al colocar sobre la mesa alimentos excitantes, que fortalecerán las pasiones animales de sus hijos, y los harán indiferentes a las cosas celestiales. Los padres están así fortaleciendo las pasiones animales y disminuyendo las fuerzas espirituales de sus hijos. ¡Qué penalidad costosa tendrán que pagar al final! ¡Y se sorprenden de que sus hijos sean tan débiles moralmente!

 

La corrupción entre los niños

Vivimos en una era corrupta. Es un tiempo en que Satanás parece tener el control absoluto sobre las mentes que no están completamente consagradas a Dios. Por lo tanto hay una gran responsabilidad que descansa sobre los padres y guardianes que tienen niños que criar. Los padres han tomado sobre sí la responsabilidad de traer al mundo estos hijos; y ahora ¿en qué consiste su deber? ¿Consiste en dejarlos que se críen como quieren y a su voluntad? Permitidme deciros, una responsabilidad grande descansa sobre estos padres…

He dicho que algunos de Uds. son egoístas. No habéis comprendido lo que yo quería decir. Os habéis preocupado por los manjares de mejor sabor. El gusto y el placer han tenido la preferencia, en vez de la gloria de Dios y el deseo de progresar en la vida divina, y alcanzar la santidad en el temor de Dios. Habéis consultado vuestros propios placeres, vuestro propio apetito; y mientras lo hacíais, Satanás ha ganado terreno con respecto a vosotros, y como sucede generalmente, ha frustrado vuestros esfuerzos cada vez.

Algunos de vosotros habéis llevado a vuestros hijos al médico para saber qué les pasaba. Os podría haber dicho en dos minutos cuál era la dificultad. Vuestros hijos están corrompidos. Satanás ha obtenido el control de ellos. El se os ha adelantado, mientras que vosotros que sois como Dios para ellos, para cuidarlos, estabais descuidados, estupefactos y durmiendo. Dios os ha ordenado que los criéis y los enseñéis en el temor del Señor. Pero Satanás ha ganado la delantera y los ha rodeado de ligaduras. Y sin embargo seguís durmiendo. Que el Señor se compadezca de vosotros y vuestros hijos, porque cada uno de vosotros necesita la compasión de él.

 

Las cosas podrían haber sido diferentes

Si os hubieseis puesto de parte de la reforma pro salud; si hubieseis añadido a vuestra fe virtud, a la virtud conocimiento, y al conocimiento temperancia, las cosas podrían haber sido diferentes. Pero habéis sido parcialmente despertados por la iniquidad y la corrupción que existe en vuestras casas…

Debierais estar enseñando a vuestros hijos. Debierais estar enseñándoles cómo evitar los vicios y la corrupción de esta época. En lugar de esto, muchos hacen ensayos para descubrir algo bueno para comer. Colocáis sobre vuestras mesas mantequilla, huevos y carne, y vuestros hijos participan de esto. Se los alimenta precisamente con lo que excitará las pasiones animales, y entonces venís a la reunión y pedís a Dios que bendiga y salve a vuestros hijos. ¿Hasta qué altura llegan vuestras oraciones? Tenéis una obra que hacer primero. Cuando hayáis hecho para vuestros hijos todo lo que el Señor os ha encargado, entonces podéis confiadamente solicitar la ayuda que Dios ha prometido daros.

Debierais estudiar la templanza en todo. Debéis estudiarla con relación a lo que coméis y lo que bebéis. Y sin embargo decís: “A nadie le importa lo que como o lo que bebo o lo que sirvo sobre mi mesa”. Es algo que importa a alguien, a menos que encerréis a vuestros hijos, o vayáis al desierto donde no molestaréis a nadie, y donde vuestros niños rebeldes y viciosos no corromperán la sociedad con la cual tratan.

 

Enseñad a los niños cómo hacer frente a la tentación

Vigilad vuestro apetito; enseñad a vuestros hijos por el ejemplo y por precepto a adoptar una alimentación sencilla. Enseñadles a que sean laboriosos, no simplemente atareados, sino ocupados en trabajo útil. Procurad despertar su sensibilidad moral. Enseñadles que Dios tiene ciertos derechos sobre ellos, desde los primeros días de su niñez. Decidles que hay corrupciones morales a las cuales hay que hacer frente por todos lados; que necesitan ir a Jesús y entregarse a él de cuerpo y alma, y que en él obtendrán fuerza para resistir toda tentación. Hacedles recordar que no fueron creados simplemente para satisfacerse a sí mismos, sino que son los agentes del Señor para propósitos nobles. Enseñadles, cuando son tentados en los caminos de la indulgencia egoísta, cuando Satanás procura apartar a Dios de su vista, a que miren a Jesús, rogándole: “Sálvame, Señor, para que no sea vencido”. Los ángeles se les acercarán en contestación a su oración, y los conducirán por caminos seguros.

Cristo rogó por sus discípulos, no que fuesen quitados del mundo, sino que fuesen guardados del mal, a fin de que no cayesen en las tentaciones que afrontan por todos lados. Esta es una plegaria que debiera elevar cada padre y cada madre. Pero, ¿deben rogar a Dios en favor de sus hijos, y luego dejarlos que hagan lo que quieran? ¿Deben mimar el apetito hasta que llega a dominarlos, y luego pretender dominar a los hijos? No; la temperancia y el dominio propio debieran ser enseñados desde la cuna. Debe descansar sobre la madre mayormente la responsabilidad de esta obra. El vínculo terrenal más tierno es el que existe entre la madre y su hijo. El niño es más fácilmente impresionado por la vida y el ejemplo de la madre que por la del padre, por este vínculo de unión más fuerte y tierno. Sin embargo, la responsabilidad de la madre es pesada y debe recibir la ayuda constante del padre.

Os conviene, madres, que empleéis las horas preciosas que Dios os concede en formar el carácter de vuestros hijos, enseñándoles a adherirse estrictamente a los principios de la temperancia en el comer y el beber…

Satanás se da cuenta de que no tiene tanto poder sobre la mente cuando se mantiene el apetito dominado como cuando se lo satisface; y él está constantemente obrando para impulsar a los hombres al apetito. Bajo la influencia de alimentos malsanos, la conciencia se vuelve insensible, la mente se oscurece, y su susceptibilidad a las impresiones se menoscaba. Pero la culpa del transgresor no disminuye porque la conciencia ha sido violada hasta que se ha vuelto insensible.

Padres y madres, orad y velad. Guardaos mucho de la intemperancia en cualquiera de sus formas. Enseñad a vuestros hijos los principios de una verdadera reforma pro salud. Enseñadles lo que deben evitar para conservar la salud. La ira de Dios ha comenzado ya a caer sobre los rebeldes. ¡Cuántos crímenes, cuántos pecados y prácticas inicuas se manifiestan por todas partes! Como denominación, debemos preservar con cuidado a nuestros hijos de toda compañía depravada.