Skip to content

Confianza en Dios

Confianza en Dios

Individualmente, tú y yo necesitamos el ministerio del poder sanador de Dios en nuestras propias vidas. ¡O cuán grande es nuestra necesidad! Sin embargo, la gracia está siempre accesible.

Dios tiene un ministerio de sanidad especial para tí. Pues lo puedes conseguir al venir a Jesús, y llegar a ser su fiel seguidor, obediente a su Palabra Escrita. Aquí están las respuestas que buscáis, resumidas de un libro especial llamado El Ministerio de Curación

Nuestra historia empieza con Jesús. Él vino a éste mundo por primera vez, para mostrarnos el amor de Dios, y no sólo para demostrarnos su cuidado para con nosotros, sino también para mostrar cómo nosotros, en Su fortaleza, debiéramos cuidarnos los unos a los otros.

Su trabajo es el de proporcionarnos el perdón del pecado, fortaleza para vencer, salud, paz, y perfección de carácter.

Variadas fueron las circunstancias y necesidades de aquellos que buscaban su auxilio, y ninguno que venía a él se iba sin ayuda. Esa bendición—esa curación—es para nosotros hoy. Donde sea que haya corazones dispuestos a recibir sus palabas—las palabras de la Biblia,—él les llevará el alivio de su propia presencia, la seguridad del amor del Padre.

En todas las cosas él mantenía sus deseos en estricto alineamiento con el propósito de su vida. Él glorificaba su vida al hacer todo en subordinación a la voluntad de su Padre. Su vida fue una de constante sacrificio propio. Pasaba sus días ministrando a los necesitados y enseñándo a los que deseaban aprender cómo llegar a formar parte de su reino. Siempre paciente y alegre, mucho de su tiempo fue entregado a ministrar a los enfermos y débiles. Sin embargo, él transformaba cada acto de curación en una oportunidad para implantar principios divinos de verdad en la mente y el alma. Pues era su plan ayudar a hombres y mujeres físicamente, para poder luego ministrar a ellos espiritualmente.

En cada oportunidad él presentaba la Palabra (las Sagradas Escrituras) a la gente. Nunca hubo tal evangelista como Cristo. Él era la Majestad del cielo, pero se humilló a sí mismo para tomar nuestra naturaleza, y así poder encontrar a los hombres donde ellos estaban.

Él hablaba a cada uno en tales palabras amables, de simpatía, y sencillas, que esas palabras no podían ser malentendidas. Presentaba la verdad en tal manera que para siempre quedaban entretejidas con sus más sagradas memorias. Su instrucción era tan directa, sus ilustraciones tan apropiadas, sus palabras tan amables y alentadoras—que sus oyentes podían sentir lo cabal de su identificación con sus intereses y felicidad. ¡Qué vida tan ocupada vivió, al ir de casa en casa ministrando a los necesitados y enfermos! Con empatía, ternura, y misericordia, se la pasaba levantando a los sobre-cargados y confortando a los tristes. Dondequiera que él iba, llevaba bendición y un mejor vivir.

Jesús procuró alcanzar a los pobres; también trató de alcanzar a los ricos, pues ellos necesitaban su ayuda tan urgentemente. Justo ahora él está procurando alcanzarte a tí y a nosotros en nuestras necesidades especiales.

Cristo vino a este mundo para mostrar que, recibiendo poder de lo alto, se puede vivir una vida sin mancha. Con incansable paciencia y bondadosa ayuda, se encontraba con los hombres en sus necesidades. No se fijaba en cuál era su posición o estatus en la vida, pues él no era un hombre de política. Aquello que atraía su corazón era un alma sedienta del agua de vida.

Nunca despreció a nadie por inútil, sino que procuraba aplicar a toda alma su remedio curativo. Cualesquiera que fueran las personas con quienes se encontrase, siempre sabía darles alguna lección adecuada al tiempo y a las circunstancias. Cada descuido o insulto del hombre para con el hombre le hacía sentir tanto más la necesidad que la humanidad tenía de su simpatía divina y humana. 

Muchas veces se encontraba con los que habían caído bajo la influencia de Satanás y no tenían fuerza para desasirse de sus lazos. A cualquiera de ellos, desanimado, enfermo, tentado, caído, Jesús le dirigía palabras de la más tierna compasión, las palabras que necesitaba y que podía entender. A otros, que sostenían combate a brazo partido con el enemigo de las almas, los animaba a que perseveraran, asegurándoles que vencerían, pues los ángeles de Dios estaban de su parte y les darían la victoria.—El Ministerio de Curación, p. 16

Su simpatía, bondad social, y cuidado por su bienestar,—hacía que los hombres y mujeres añoraran hacerse dignos de su confianza. Sobre sus sedientas almas las palabras de Jesús caían con poder vivificante y sanador. Nuevos impulsos eran despertados y, aunque los tales fueran los parias de la sociedad, se abría ante ellos la posibilidad de una nueva vida.

El mismo Jesús está llamándote hoy. Cualquiera haya sido tu pasado, a pesar de tu debilidad, Él desea perdonarte y transformar tu debilidad, mediante su gracia, en una feliz obediencia a su Palabra Escrita.

Cristo a nadie pasa por alto. Dondequiera haya corazones abiertos a recibir la verdad, Cristo está dispuesto a instruirlos. Él les revela al Padre, y el servicio aceptable a él.

La vida de Cristo estaba escondida en Dios, y Dios se revelaba en el carácter de su Hijo. La evidencia de su divinidad fue vista en su ministerio a las necesidades de la doliente humanidad. No mediante la pompa y la conquista de reinos habría Cristo de establecer su reino, sino mediante el hablar a los corazones de los hombres por una vida de misericordia y sacrificio. Su ministerio de curación es para nosotros hoy, para que su vida se manifieste en la tuya. Su objetivo es que tu alma esté imbuída con los principios del cielo; para que entonces, al entrar en contacto con otros, estés capacitado para impartirles de las gracias celestiales. Tu consistente fidelidad a Dios y su Palabra, será un medio especial de revelar esa luz.

La eficacia del esfuerzo humano en la obra de Dios corresponderá a la consagración del obrero al revelar el poder de la gracia de Dios para transformar la vida. Hemos de distinguirnos del mundo porque Dios imprimió su sello en nosotros y porque manifiesta en nosotros su carácter de amor. Nuestro Redentor nos ampara con su justicia.—El Ministerio de Curación, p. 24

Si tu eres madre, el Maestro desea ayudarte en tu trabajo de criar a tus hijos para Dios. Ven a él, y cuéntale tus necesidades, y él impartirá fortaleza y bendición, justo como hizo a las madres quienes, hace tanto tiempo, le trajeron a sus pequeños en busca de una bendición. Ven a él por auxilio para recibir poder habilitador en el mejoramiento de tus tareas diarias.

Instruye a tus hijos en la Palabra de Dios, y en años posteriores el recuerdo de las Sagradas Escrituras evitará que muchos se aparten del camino que conlleva al cielo.

Pero no permitas que tu desemejanza a Cristo impida a tus hjos venir a Jesús. Pide al Señor, a solas en oración, por gracia y fortaleza en tiempo de necesidad, para proveer el mejor ejemplo del recto vivir que tus hijos desean ver en tí.

La vida del Salvador en la tierra era una vida de comunión con la naturaleza y con Dios. En esta comunión él nos reveló el secreto de una vida virtuosa. En el estudio de la Inspirada Palabra, la oración sincera, y la atenta obediencia, el alma es ennoblecida y habilitada para cumplir su misión en la vida.

Todo el día Cristo ministraba a la gente, pero en la tarde o temprano por la mañana, él tomaba horas en oración a Su Padre celestial. Al regresar de dichas temporadas, de oración, una mirada de paz, frescura, y poder parecía impregnar todo su ser. De las horas a solas con Dios, él salía mañana tras mañana, para llevar luz del cielo a los hombres. Y al abrir a los hombres los tesoros de verdad, ellos eran vitalizados por el poder divino e inspirados por la esperanza y el valor. De las profundidades de su corazón puro y compasivo, el buen Pastor sólo tenía amor y piedad por estas almas sedientas y desesperadas.

Toma tiempo, como Jesús hizo, para estar a solas con Dios, para que tú también seas fortalecido en tus batallas con la tentación, habilitado para vivir una vida piadosa, y para ministrar a las necesidades de los que te rodean.

Todos los que se encuentran bajo el adiestramiento de Dios necesitan de la hora tranquila en comunión con sus propios corazones, con la naturaleza, y con Dios. En ellos ha de revelarse una vida que no está en armonía con el mundo, sus costumbres, o sus prácticas; y necesitan tener una experiencia personal en cuanto a conseguir un conocimiento de la voluntad de Dios.

Debemos individualmente escucharlo hablar al corazón. Cuando toda otra voz está acallada, y en la quietud esperamos delante de él, el silencio del corazón hace más distinta la voz de Dios. Él nos dice:

Estad quietos, y conoced que yo soy Dios. Salmo 46:10

Esta es la preparación eficaz para toda labor para Dios. En medio de la presurosa muchedumbre y de las intensas actividades de la vida, el que así se refrigera se verá envuelto en un ambiente de luz y paz. Recibirá nuevo caudal de fuerza física y mental. Su vida exhalará fragancia y dará prueba de un poder divino que alcanzará a los corazones de los hombres.—El Ministerio de Curación, p. 37

‘Si tan sólo tocare sus vestiduras, seré sana’. (Mateo 9: 21), dijo la mujer, y mediante su persistente fe fue sanada. Cristo reconoció su gran necesidad, y él estaba ayudándola a ejercitar fe. Al pasar, ella se estiró y logró casi tocar el borde de Su vestido. En ese momento ella supo que estaba sanada. Es mediante el contacto con Cristo como somos fortalecidos y ayudados. Creer en Cristo meramente como el Salvador del mundo, nunca puede traer sanidad al corazón. La fe que es para salvación no es un mero asentimiento de la verdad del evangelio. Fe verdadera significa que recibimos a Cristo como nuestro personal Salvador del pecado.

Muchos consideran la fe como una opinión. La fe salvadora es una transacción, por la cual los que reciben a Cristo se unen en un pacto con Dios. Una fe viva entraña un aumento de vigor y una confianza implícita que, por medio de la gracia de Cristo, dan al alma un poder vencedor.—El Ministerio de Curación, p. 40

Hay ayuda para los que tienen hábitos malos que los atan. Esa ayuda ha de encontrarse en Cristo. Él puede romper las cadenas, transformar le mente, y rehacernos a la imagen de Dios. Alzad la vista no a la oscura caverna de la desesperación,—sino arriba hacia Cristo. Fíjese la vista en Jesús, y la gloria de su poder incambiable hará por tí aquello que nunca podrías hacer por tí mismo. El centurión vino a Cristo en busca de ayuda, no temiendo pedírsela a Jesús. Él no confió en su propia bondad, sino en la misericordia del Salvador. Su único argumento era su gran necesidad. Así es con nosotros. De la misma manera hemos de ir a Él.

Recuerda que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores. Nada tenemos que nos recomiende a Dios; el alegato que podemos presentar ahora y siempre es nuestro absoluto desamparo, que hace de su poder redentor una necesidad. Renunciando a toda dependencia de nosotros mismos, podemos mirar a la cruz del Calvario y decir:

“Ningún otro auxilio hay, Indefenso acudo a ti.”

“Si puedes creer, al que cree todo es posible.” Marcos 9:23.

La fe nos une con el cielo y nos da fuerza para contender con las potestades de las tinieblas. Dios ha provisto en Cristo los medios para contrarrestar toda malicia y resistir toda tentación, por fuerte que sea.—El Ministerio de Curación, p. 42

Pero muchos sienten que primero deben hacerse a sí mismos “buenos” antes de venir a Cristo. Sin embargo sólo Jesús puede perdonar nuestro pasado y darnos fortaleza para vencer en el futuro. Viniendo a él recibimos esta ayuda; y permaneciendo con él es lo que proporciona continuidad a esta ayuda. No os veáis a vosotros mismos, sino a Cristo. En tu desamparo, échate a los brazos del Señor. Él te recibirá, y nunca, excepto por tu propia selección, te abandonará. Al venir a él, cree que te acepta—sencillamente porque él lo ha prometido. Nunca pereceréis mientras haces ésto, ¡nunca!

Cuando oramos pidiendo bendiciones terrenales, la respuesta a nuestra oración puede dilatarse, o Dios nos puede proporcionar algo diferente de lo que pedimos; pero no así cuando pedimos liberación del pecado. Gracias a Dios que es así. Es su voluntad limpiarnos de pecado, hacernos Sus hijos, y habilitarnos para vivir una vida santa.

Viendo a los angustiados y cargados, aquellos cuyas esperanzas han sido frustradas, Jesús los llama a Sí Mismo. Él ve sus años gastados en la búsqueda de la tranquilidad del alma mediante las bagatelas y oropeles del mundanalismo y el pecado y los invita a venir a él para la paz del alma que tanto anhelan, la paz genuina del corazón que en ninguna otra parte se encuentra.

Él está hablándote ahora mismo:

Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, pues soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Mateo 11:29

Todos están trabajados y cansados con los afanes de esta vida. ‘Vengan,’ os dice Él; vengan. Sólo Cristo puede quitar las cargas. Y la carga más pesada que llevamos es la carga del pecado.

Él conoce todas las debilidades de la humanidad, todas nuestras necesidades, todas nuestras angustias.

Está velando sobre ti, tembloroso hijo de Dios. ¿Estás tentado? Te librará. ¿Eres débil? Te fortalecerá. ¿Eres ignorante? Te iluminará. ¿Estás herido? Te curará.Jehová “cuenta el número de las estrellas”; y, no obstante, es también el que “sana a los quebrantados de corazón, y liga sus heridas.” Salmos 147:3,4

Cualesquiera que sean tus angustias y pruebas, expónlas al Señor. Tu espíritu encontrará sostén para sufrirlo todo. Se te despejará el camino para que puedas librarte de todo enredo y aprieto. Cuanto más débil y desamparado te sientas, más fuerte serás con su ayuda. Cuanto más pesadas sean tus cargas, más dulce y benéfico será tu descanso al echarlas sobre Aquel que se ofrece a llevarlas por ti.

Las circunstancias pueden separar a los amigos; las aguas intranquilas del dilatado mar pueden agitarse entre nosotros y ellos. Pero ninguna circunstancia ni distancia alguna puede separarnos del Salvador. Doquiera estemos, él está siempre a nuestra diestra, para sostenernos y alentarnos. Más grande que el amor de una madre por su hijo es el amor de Cristo por sus rescatados. Es nuestro privilegio descansar en su amor y decir: “En él confiaré; pues dió su vida por mí.” —El Ministerio de Curación, p. 47-48

Como lo fue con los que él sanó estando aquí en la tierra, Cristo ve que el primer destello de fe crece más fuerte al ser despertados para buscarlo. Es Jesús quien está convenciendo al corazón, y atrayéndolo a él ahora mismo. Si no fuera por el inexpresable amor de Dios y la atracción de su Espíritu Santo, ninguno de nosotros vendría a Él. Nuestros problemas, y nuestras enfermedades, son a menudo el resultado de nuestros propios hábitos. Sin embargo, él no nos rechaza. Nos pide que vayamos a él para resolver nuestro problemas de la manera como él proponga. Las soluciones quizás no vengan en exactamente la manera como esperamos. A veces en lugar de eliminar el problema, nos fortalece para vivir con él. En él tenemos victoria y paz, no importa las circunstancias de la vida que nos rodean.

No esperéis sentir que estáis sanos. Creed la palabra del Salvador. Poned vuestra voluntad del lado de Cristo. Desead servirle, y actuando sobre su Palabra recibiréis fortaleza para obedecer su Ley Moral de los Diez Mandamientos. No importa cuál sea el mal hábito, la pasión dominante que ata a cuerpo y alma, Cristo es capaz de librarte.

Cuando os asalten las tentaciones, cuando os veáis envueltos en perplejidad y cuidados, cuando, deprimidos y desalentados, estéis a punto de ceder a la desesperación, mirad a Jesús y las tinieblas que os rodeen se desvanecerán ante el resplandor de su presencia. Cuando el pecado contiende por dominar vuestra alma y agobia vuestra conciencia, mirad al Salvador. Su gracia basta para vencer el pecado. Vuélvase hacia él vuestro agradecido corazón que tiembla de incertidumbre. Echad mano de la esperanza que os es propuesta. Cristo aguarda para adoptaros en su familia. Su fuerza auxiliará vuestra flaqueza; os guiará paso a paso. Poned vuestra mano en la suya, y dejaos guiar por él. 

Nunca penséis que Cristo está lejos. Siempre está cerca. Su amorosa presencia os circunda. Buscadle sabiendo que desea ser encontrado por vosotros. Quiere que no sólo toquéis su vestidura, sino que andéis con él en comunión constante. —El Ministerio de Curación, p. 56-57

El alma que se vuelca a Cristo en busca de un refugio, él levanta por encima de la lengua acusadora y pendenciera. Ningún hombre o ángel malo puede censurar esa alma. Cristo te unirá a su propia naturaleza divino-humana, y mediante la fe [no en personas] podrás estar en pie delante de tu Salvador en lugares celestiales, en la luz que procede del trono de Dios.

Como resultado del sacrificio de Cristo en el Calvario, habremos de siempre considerar a Satanás como un enemigo vencido. Aferrándonos a Cristo estamos seguros, momento tras momento.

Y ahora, habiendo encontrado tú mismo el arca de seguridad, vive ahora para mostrar a otros el camino hacia la misma.

Los dos endemoniados curados fueron los primeros misioneros a quienes Cristo envió a predicar el Evangelio en la región de Decápolis. Esos hombres habían tenido oportunidad de oír las enseñanzas de Cristo durante unos momentos solamente. Sus oídos no habían percibido un solo sermón de sus labios. No podían instruir a la gente como habrían podido hacerlo los discípulos que habían estado diariamente con Jesús; pero podían contar lo que sabían, lo que ellos mismos habían visto, oído y experimentado del poder del Salvador. Esto es lo que puede hacer cada uno cuyo corazón ha sido conmovido por la gracia de Dios. Tal es el testimonio que nuestro Señor requiere y por falta del cual el mundo está pereciendo. —El Ministerio de Curación, p. 66

Cristo envía a los mismísimos que han sido librados de la prisión de Satanás—para contar a los prisioneros que permanecen allí, las buenas nuevas. Nuestra confesión de lo que Cristo ha hecho por nosotros es la sola manera que el Cielo escoge para llevar el evangelio. Empezad a compartir eso ahora, pues otros están esperando para oirlo. Y al hacerlo así, vuestra propia experiencia se profundizará.

Cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero. Apenas llega a conocer al Salvador, desea hacerlo conocer a otros. La verdad salvadora y santificadora no puede quedar encerrada en su corazón. El que bebe del agua viva llega a ser una fuente de vida. El que recibe se transforma en un dador. La gracia de Cristo en el alma es como un manantial en el desierto, cuyas aguas brotan para refrescar a todos, e infunde a quienes están por perecer avidez de beber del agua de la vida. Al hacer esta obra obtenemos mayor bendición que si trabajáramos únicamente en nuestro provecho. Es al trabajar para difundir las buenas nuevas de la salvación como somos llevados más cerca del Salvador. —El Ministerio de Curación, p. 70

En simpatía y compasión hemos de ministrar a los que se encuentran en necesidad de ayuda, procurando con sincera abnegación iluminar las penas de la doliente humanidad. No hemos de considerarnos a nosotros mismos como desconectados del mundo que perece a nuestro alrededor. Ellos son parte de la red humana; una red de la cual nosotros mismos formamos parte.

Millones de seres humanos, enfermos y en ignorancia y pecado, ni siquiera han oído hablar del amor de Cristo por ellos. Si estuviera invertida la condición nuestra con la de ellos, ¿qué desearíamos que ellos hicieran por nosotros? En cuanto esté de nuestra parte, debemos ayudarlos. Cuales sean nuestros talentos y habilidades, estamos, mediante los mismos, endeudados a todos los menos afortunados. Nuestra fortaleza deber ser usada para ayudarlos en sus debilidades.

Jesús no consideró el cielo como lugar deseable mientras estuviéramos nosotros perdidos. Dejó los atrios celestiales para llevar una vida de vituperios e insultos, y para sufrir una muerte ignominiosa. El que era rico en tesoros celestiales inapreciables, se hizo pobre, para que por su pobreza fuéramos nosotros ricos. Debemos seguir sus huellas. —El Ministerio de Curación, p. 70

La evidencia más fuerte de la caída del hombre de una condición más mejor, es el hecho de que cuesta tanto para retornar a la misma. El camino de este retorno puede ser transitado sólo mediante dura lucha, centímetro por centímetro, hora tras hora. Un acto apresurado e incauto puede acarrearnos profundo problema. No nos atrevamos a actuar por impulso. Rodeados de tentaciones sin número, debemos resistir en la fortaleza de Cristo. Vivid por principio, y obediencia de la Palabra de Dios.

La vida del apóstol Pablo fué un constante conflicto consigo mismo. Dijo: “Cada día muero.” 1 Corintios 15:31.  Su voluntad y sus deseos estaban en conflicto diario con su deber y con la voluntad de Dios. En vez de seguir su inclinación, hizo la voluntad de Dios, por mucho que tuviera que crucificar su naturaleza. —El Ministerio de Curación, p. 358

Es sólo mediante la incesante lucha como podemos sostener la victoria sobre las tentaciones de Satanás. Pero Dios dará fortaleza para ésto al nosotros suplicarle auxilio, y proponiéndonos que no lo abandonaremos.

Sólo al vencer como Cristo venció, ganaremos la corona de la vida. Pero debemos reconocer nuestra gran necesidad de su ayuda para poder recibirla. Es sólo al reconocer nuestra total necesidad y renunciar toda dependencia propia, como podemos aferrarnos a su poder divino.

No es tan sólo al principio de la vida cristiana cuando debe hacerse esta renuncia a sí mismo. Hay que renovarla a cada paso que damos hacia el cielo. Todas nuestras buenas obras dependen de un poder externo a nosotros; por tanto, se necesita una continua aspiración del corazón a Dios, una constante y fervorosa confesión del pecado y una humillación del alma ante Dios. Nos rodean peligros, y no nos hallamos seguros sino cuando sentimos nuestra flaqueza y nos aferramos con fe a nuestro poderoso Libertador.—El Ministerio de Curación, p. 358

Es la fe en Cristo y el estudio de su Palabra Inspirada, lo que nos proporciona este poder. La Biblia entera es una revelación de cómo es Dios. Dentro de sus páginas encontramos la fortaleza necesaria, y la clave con la cual abrirla es una sincera, humilde, depediente, y obediente confianza en Dios. Es la obediencia lo que hace la diferencia.

Al ser recibidas, las verdades de la Biblia enaltecerán la mente y el alma. Si se apreciara debidamente la Palabra de Dios, jóvenes y ancianos poseerían una rectitud interior y una fuerza de principios que los capacitarían para resistir la tentación.—El Ministerio de Curación, p. 364

Aparte de las Sagradas Escrituras, las mejores filosofías del hombre son solamente conjeturas. No son los escritos de los hombres, sino la Biblia, lo que se necesita. Dejad que la vida, el ministerio, y la muerte de Cristo, sea vuestro estudio. Y enseñad los principios de la Biblia a vuestros hijos también.

El conocimiento de Dios tal como está revelado en su Palabra es el conocimiento que debemos impartir a nuestros niños. Desde el momento en que despunta en ellos la razón, deben familiarizarse con el nombre y la vida de Jesús. Sus primeras lecciones deben enseñarles que Dios es su Padre. Su primera educación debe ser la de una obediencia amante. Léaseles y repítaseles con reverencia y ternura la Palabra de Dios, en trozos apropiados a su comprensión y capaces de despertar su interés. Y sobre todo, hágaseles conocer el amor de Dios manifestado en Cristo, y la lección que de él se desprende: 

“Si Dios así nos ha amado, debemos también nosotros amarnos unos a otros.” 1 Juan 4:11 —El Ministerio de Curación, p. 365

Tal humilde y piadoso estudio de la Palabra de Dios puede hacer que el poder transformador del carácter, obrado mediante el Espíritu Santo, llegue a vuestra vida. Se llega a conocer a Dios mediante un conocimiento práctico, y se prueba, personalmente, la realidad de su Palabra y la verdad de sus Escrituras. ¿Estáis probando y viendo que el Señor es bueno? ¿Estáis estableciendo vuestro sello al hecho de que Dios es verdadero? (Salmo 34:8; Juan 3:33). Ésta pudiera ser tu experiencia:

Así cada uno puede, por su propia experiencia, afirmar “que Dios es verdadero.” Juan 3:33. Puede dar testimonio de lo que él mismo ha visto, oído y sentido del poder de Cristo. Puede atestiguar: 

“Necesitaba ayuda, y la encontré en Jesús. Toda falta fué suplida, el hambre de mi alma quedó satisfecha; la Biblia es para mí la revelación de Cristo. Creo en Jesús porque él es para mí el Salvador divino. Creo en la Biblia porque he encontrado que es la voz de Dios que habla a mi alma.” —El Ministerio de Curación, p. 366

Es nuestro privilegio alcanzar alturas grandes y aun mayores en la búsqueda de revelaciones del carácter de Dios. En su luz hemos de ver la luz, hasta que mente y corazón y alma sean transformados a la imagen de su santidad. Al caminar en el sendero de la humilde obediencia, cumpliendo su propósito para nuestras vidas, aprenderemos más y más de lo profundo de su Palabra.

Tomad la Biblia como vuestro guía, y estad firmes por sus principios—y podréis alcanzar el nivel más alto de utilidad como siervo del Dios viviente. Y ésto es lo que deseáis para vuestra vida. Al meditar en Su bondad, Su misericordia, y Su amor, clara y más clara será vuestra percepción de la verdad. El alma que habita en la atmósfera pura del pensamiento consagrado, es transformada por el contacto continuo con Dios, mediante el estudio de Su Palabra. El yo se pierde de vista, y llegamos a ser más y más semejantes a Aquel a quien hemos llegado a amar tanto.

Muy íntima es la relación entre la mente y el cuerpo. Cuando una está afectada, el otro simpatiza con ella. La condición de la mente influye en la salud mucho más de lo que generalmente se cree. Muchas enfermedades son el resultado de la depresión mental. Las penas, la ansiedad, el descontento, remordimiento, sentimiento de culpabilidad y desconfianza, menoscaban las fuerzas vitales, y llevan al decaimiento y a la muerte. 

Algunas veces la imaginación produce la enfermedad, y es frecuente que la agrave. Muchos hay que llevan vida de inválidos cuando podrían estar buenos si pensaran que lo están. Muchos se imaginan que la menor exposición del cuerpo les causará alguna enfermedad, y efectivamente el mal sobreviene porque se le espera. Muchos mueren de enfermedades cuya causa es puramente imaginaria.

El valor, la esperanza, la fe, la simpatía y el amor fomentan la salud y alargan la vida. Un espíritu satisfecho y alegre es como salud para el cuerpo y fuerza para el alma. “El corazón alegre es una buena medicina.” Proverbios 17:22 —El Ministerio de Curación, p. 185

Sin embargo, hay una forma de curación mental que es uno de los agentes más eficaces para el mal. Por medio de esta supuesta ciencia, una mente se sujeta a la influencia directiva de otra, de tal manera que la individualidad de la más débil queda sumergida en la de la más fuerte. Una persona pone en acción la voluntad de otra. Sostiénese que así el curso de los pensamientos puede modificarse, que se pueden transmitir impulsos saludables y que es posible capacitar a los pacientes para resistir y vencer la enfermedad.—El Ministerio de Curación, p. 185

En vez de enseñar a los enfermos a depender de seres humanos para la curación de alma y cuerpo, debe encaminarlos hacia Aquel que puede salvar eternamente a cuantos acuden a él. El que creó la mente del hombre sabe lo que esta mente necesita. Dios es el único que puede sanar.—El Ministerio de Curación, p. 187

El poder de la voluntad no se aprecia debidamente. Mantened despierta la voluntad y encaminadla con acierto, y comunicará energía a todo el ser y constituirá un auxilio admirable para la conservación de la salud. La voluntad es también poderosa en el tratamiento de las enfermedades. Si se la emplea debidamente, podrá gobernar la imaginación y contribuirá a resistir y vencer la enfermedad de la mente y del cuerpo.—El Ministerio de Curación, p. 189

Nada tiende más a fomentar la salud del cuerpo y del alma que un espíritu de agradecimiento y alabanza. Resistir a la melancolía, a los pensamientos y sentimientos de descontento, es un deber tan positivo como el de orar.—El Ministerio de Curación, p. 194

La paz permanente, el verdadero descanso del espíritu, no tiene más que una Fuente. De ella hablaba Cristo cuando decía: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar.” Mateo 11:28. “La paz os dejo, mi paz os doy: no como el mundo la da, yo os la doy.” Juan 14:27. Esta paz no es algo que él dé aparte de su persona. Está en Cristo, y no la podemos recibir sino recibiéndole a él. 
Cristo es el manantial de la vida. Lo que muchos necesitan es un conocimiento más claro de él; necesitan que se les enseñe con paciencia y bondad, pero también con fervor, a abrir de par en par todo su ser a las influencias curativas del Cielo. Cuando el sol del amor de Dios ilumina los obscuros rincones del alma, el cansancio y el descontento pasan, y satisfacciones gratas vigorizan la mente, al par que dan salud y energía al cuerpo.—El Ministerio de Curación, p. 190-191

 

Lecciones espirituales

Cada uno de nosotros pasamos por ciertas crisis y a veces experimentamos problemas y situaciones difíciles. Estas nos acercan más a Dios al suplicarle por auxilio, fortaleza y dirección. En tales ocasiones, cuán importantísimo es que aprendamos el profundo significado de la fe, la oración, y la confianza en Dios.

 

Adaptado de la Enciclopedia de los Remedios Naturales.

<< Regresar a las 8 Leyes de la Salud